chiruzo

Ideología y mensajes de texto

Julio 14, 2007 · Dejar un comentario

Me llega un mensaje de texto de un número que no reconozco: “¿Pediste fugaZ?” Lo específico del mensaje y su origen desconocido hacen que conteste: “¿Quién sos?”, sin abrir signo de interrogación ni poner el acento sobre la e. Alguien que seguirá siendo para mí un enigma me retruca: “Juas! No era para vos!”
¿Quién de todos mis conocidos estaría por comerse una fugaZ con quién? ¿Por qué no se tomó la molestia de decirme quién era? ¿Será alguien tan cercano que descuenta que sé de memoria su número? ¿Qué tipo de equívoco o malentendido es éste? ¿Qué hace que esto, que fue un equívoco o un malentendido, sea tan perturbador cuando acaba de ocurrir y se convierta en casi nada a los cinco minutos?
Primero fueron los muy jóvenes los que vertebraron su necesidad de comunicación de acuerdo con las limitaciones del nuevo soporte. Y por un tiempo hubo un dique generacional. Los mayores de 40 nos quedamos adheridos al correo electrónico, que ya era bastante, y nos resistimos con obstinación al mensaje de texto. Pero fue cuestión de empezar, quizá con nuestros hijos, que nos reclamaban que aprendiéramos pronto porque el crédito del abono les duraba tres días. Y comenzamos a percibir y a incorporar otro tipo de comunicación, una que hasta que llegó el mensaje de texto no existía, y que consiste en ráfagas de contacto, en una breve catarata de caracteres que nunca pretenderán la emoción o la profundidad si no es en la pura especificidad del mensaje, en su esqueleto. Los golpes de efecto del soporte hacen que sea posible generar, eventualmente, un clima entre nosotros y otra persona a través de un monosílabo.
Por ejemplo, el que dice que usó Gabriela Cerruti contestándole “Gracias” a Jorge Telerman, después de que él le informara por mensaje de texto que había otro ministro ya designado. En este caso, en el que dos mensajes de texto trepan de la banalidad o el arrebato de los millones de mensajes anónimos a la esfera pública, ¿cómo se leen esos mensajes? ¿Como hilachas privadas de la política o como un recurso novedoso para hacer política, con ese “Gracias” que cuelga de un sentido ambiguo, o cínico, o literal? McLuhan* cada vez goza de más admiración por mi parte. Fue el primer nombre ligado a la Comunicación que escuché. Porque cuando yo era chica, o más precisamente cuando estaba en edad de estudiar, no existía esto que se llama Comunicación. Es increíble. Hace muy poco tiempo, unos veinte años, cuando salió Página/12, era flamante la carrera de Comunicación. Y eso, la comunicación, ha inundado nuestra noción de lo que somos y de cómo entramos en contacto con los otros. A veces olvidamos que el proceso de globalización fue avistado por McLuhan ya en los sesenta, en pleno pop, antes de las guerrillas, antes de las masacres. La Aldea Global era un libro de Comunicación.
“El medio es el mensaje” es una frase que encierra algo de parábola, como si McLuhan se hubiera imaginado este mundo en el que las personas andan con su teléfono móvil como si se tratara de un centro mental y emocional de operaciones internas y externas. Aunque ni Gabriela Cerruti ni Jorge Telerman adhieran al estilo paraideológico de Macri, la noticia del cambio de ministra fue también paraideológica. El mensaje de texto no admite explicaciones, ni argumentos, ni fundamentos, lo cual quiere decir que el paso de tragicomedia de Cerruti y Telerman los dispensó a ambos de exponer públicamente sus diferencias. A mí personalmente me hubiera gustado saber cuáles eran esas diferencias, si eran ideológicas, tácticas o estratégicas.
Hay mucha gente que cree, y Macri ha dado en la tecla al tocar justo ésa, que la ideología consiste, simplemente, en complicar las cosas o lo que es peor, en mentir. Que la ideología es poco menos que una excusa para robar. En insistir en un mundo complejo de palabras vacuas que no derivan más que en el beneficio de los políticos que portan ideología. Es un razonamiento bobo, completamente agujereable, pero es el que permite a gran parte de los porteños tener esperanzas en la “gestión pura”.
Lo cierto es que la dirigencia política argentina no se ha dedicado nunca, y ése es uno de sus mayores pecados, a discutir públicamente ideología. La dirigencia política tradicional ha enmascarado siempre las discusiones ideológicas traduciéndolas en internas que no le interesan a nadie salvo a sus protagonistas. A veces, incluso, no enmascaró nada, porque las internas no tenían que ver con nada ideológico, y eran puras canalladas, peleas por repartijas.
Bueno, amigos, la dialéctica histórica tiene un no sé qué de apasionante. No queda más remedio. Macri y su troupe de políticos apolíticos nos pusieron entre la espada y la pared, hay que admitirlo. A partir de ahora, con una derecha en uso de todas sus facultades, los que no somos de derecha bien haríamos en hablar de ideología todo lo que sea necesario. No vamos a comprar, nosotros, el buzón de la gestión inocente. Habrá que hablar claramente, con huevos, con franqueza, acerca de qué creemos que es verdad, y qué es mentira.
Habrá que hacerlo para recuperar del lenguaje que usamos una palabra que ahora está manchada con mugre propia y ajena. Si en lugar de tratar de decir las cosas clara y profundamente nos mandamos mensajes de texto, ellos ganan. Deberíamos hacer un esfuerzo para rehacernos de esa palabra, ideología, porque ella explica conductas, abre puertas mentales, traza ejes de acción, prioriza lo urgente y posterga lo accesorio. Y porque la ideología que al menos tengo yo, postula que la ideología es la herramienta más apropiada para organizar nuestra mente ante el mundo y los otros. Prefiero la ideología que el interés.

* Herbert Marshall McLuhan (21 de julio de 1911-31 de diciembre de 1980) fue un educador, filósofo y estudioso canadiense. Profesor de literatura inglesa, crítica literaria y teoría de las comunicaciones, McLuhan es reverenciado como uno de los fundadores de los estudios sobre los medios y ha pasado a la posteridad como uno de los grandes visionarios de la presente y futura sociedad de la información. Durante el final de los años ’60 y principios de los ’70, McLuhan acuñó el término “aldea global” para describir la interconectividad humana a escala global generada por los medios electrónicos de comunicación.

Ideología y mensajes de texto
Sandra Russo
Página/12, 14/07/2007

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Líbano en caída libre

Julio 8, 2007 · Dejar un comentario

Qué harta estoy de tener que escribir sobre Líbano. Sobre la violencia en Líbano. Sobre sus señores de la guerra reciclados en políticos, ya estén en el poder o en la oposición, o sobre sus magnates convertidos en salvapatrias mimados por Occidente. Qué harta estoy de escribir sobre el tumor de sus refugiados palestinos, sobre sus chiíes, suníes y cristianos, esos que componen las diecisiete sectas que se reparten el Parlamento por comunidades desde que, en 1990, terminó la guerra de los quince años y se firmaron los acuerdos de Taif, que perpetuaron el sectarismo; acuerdos de los que también
estoy muy harta. Qué harta estoy de las componendas de antisirios y de prosirios, de antiiraníes y de proiraníes, de antiamericanos y de proamericanos. Qué harta estoy de las resoluciones de la ONU tomadas en los dos últimos años a toda prisa en un Consejo de Seguridad enseñoreado por los mismos Estados Unidos que vetan toda resolución justa pero perjudicial para Israel. Qué harta estoy del baile de autoridades internacionales que se pasean por Beirut para hacerse la foto y asegurar su influencia, su pie dentro de lo que aquí va a suceder. Mientras, los libaneses de a pie van perdiendo su alma, van perdiendo su sombra.
Y ustedes, no me cabe duda, también deben de estar hartos. ¿Qué pone Líbano sobre la mesa? ¿Cuántos muertos, cuántas cargas explosivas? Sí, es cierto, sus estallidos poseen todavía el viejo glamour de sus antiguas guerras. O el horror añadido del nuevo ingrediente desestabilizador terrorista (“Demasiadas manos en la cocina, todo va a peor”, sentencia un amigo druso), que igual se mimetiza con los refugiados palestinos que se lanza a asesinar a nuestros soldados de la FINUR en las tierras del Sur. Las pataletas sangrientas que, intermitentemente y cada vez con mayor frecuencia, se producen en este país, llevándose por delante a decenas de personas -algunas de mucho lustre: ex primeros ministros, ministros en activo, periodistas, diputados-, todavía nos sorprenden, aún nos excitan. Reporteros de todo el mundo llegan aquí, exultantes (o escépticos: los mejores). Narran lo que pueden desde el lugar de los hechos y, cuando éstos se disuelven sin dejar ni el poso del café, o se enquistan hasta perder interés -Líbano es un hervidero de pústulas históricas: como los campos de refugiados palestinos, cuya costra se resquebraja en cualquier momento, liberando mares de pus y sangre-, todavía esperan que ocurra algo más que justifique los gastos del viaje y que les dé un momento de gloria; es decir, que se produzcan hechos palpables que se puedan filmar, fotografiar, describir. Entretanto, intentan comprender y analizar. Entrevistan a los mismos de siempre, que repiten los discursos de siempre. Si tienen suerte, boooom. Si no, el rellano ágrafo -reacio a la descripción, cambiante, sinuoso- de la escalera en descenso sin parada definitiva les expulsa. La quietud, también indescriptible: hasta la próxima convulsión.
Líbano ocupa el puesto 28º en la lista de países fracasados elaborada por analistas de la organización sin fines lucrativos Fund for Peace y publicada en la revista Foreing Policy. En un elenco que va del 1 al 177, puede decirse que Líbano no queda mal, si nos estamos refiriendo a contar con un presente desastroso y un futuro patético. Pero no tanto como Sudán y otras naciones subsaharianas, seamos claros. ¿Merece este país tanta atención? ¿Con lo que está ocurriendo entre palestinos, en África, en Asia Central?
Y sin embargo…
Existe, para empezar, un asunto de identificación. En lo que respecta a España, a Líbano le ocurre lo que a Chile bajo la dictadura: se parecían mucho a nosotros. Líbano es el Mediterráneo. Aquí nos sentimos como en nuestra casa. Nos acogen como si fuéramos suyos. Comemos los mismos salmonetes, las mismas sardinas; tomamos el mismo sol, nos tendemos en las mismas rocas. Nuestra costa levantina y la suya se miran en sus espejos. Nosotros fuimos árabes y también fenicios.
Jesús Santos, el cónsul español, replicó así a la pregunta de esta periodista sobre cómo valoraba el año transcurrido: “Lo más triste es que me tengo que ir”. Le han destinado a Tokio y la mitad de él se queda aquí.
Si medimos la tragedia de un pueblo por la altura que alcanzaron sus sueños, y deberíamos hacerlo porque nuestros sueños nos definen -cuando deforman la realidad fabrican un mundo paralelo que acaba devorando lo real: entonces se llaman delirios-, Líbano merece presidir el escalafón de las caídas. En descenso libre se encuentra, precisamente, ahora. La guerra del último verano hizo retroceder veinte años este país -que ya había retrocedido mucho, como resultado de la guerra incivil librada entre 1975 y 1990- y puso al descubierto su fragilidad. Según la comisión de investigación creada por Naciones Unidas en relación con el respeto a los derechos humanos en el conflicto que tuvo lugar en Líbano desde el 12 de julio hasta el 14 de agosto de 2006, el resultado fue el siguiente: 1.147 muertos (mayoría de civiles, mujeres y niños) y 4.409 heridos (lo mismo); 735.000 personas se vieron obligadas a buscar refugio dentro de Líbano, 230.000 tuvieron que hacerlo en el extranjero; Israel realizó 30 ataques directos contra posiciones de la ONU, y el mayor daño se infligió, por parte de las Fuerzas Armadas israelíes, a las estructuras civiles, incluidas aquellas más necesarias. Fueron inutilizados 32 puntos vitales (centrales eléctricas, depósitos de petróleo, fábricas de leche infantil, etcétera), se destruyeron o inutilizaron 109 puentes y 137 carreteras, y se consiguió, gracias a esto, detener o entorpecer gravemente la ayuda humanitaria.
Fríos datos. Les facilito más. Un año después de la guerra, la agricultura, de la que vive gran parte de los libaneses, sigue necesitando desesperadamente una ayuda oficial que no llega. Los presupuestos generales del Estado apenas le dedican el 1%, mientras crece de forma colosal el gasto militar y no se somete a vigilancia a las compañías privadas de seguridad, algunas muy poco transparentes, que han brotado como setas, favorecidas -lo mismo que en Irak, si se fijan- por estas desgracias. Quizá fue debido a ello -al interés económico que despierta el negocio de la seguridad- que el primer ministro Fouad Siniora le dijo recientemente a un miembro del Parlamento iraquí: “Beirut y Bagdad están unidas en la lucha contra el terrorismo”. Palabrita del niño Bush, sin duda.
La deuda pública -gracias a la emisión de bonos del Tesoro y de eurobonos que adquieren los bancos, éstos son acreedores del Estado- alcanza casi los 42.000 millones de dólares; pero en 2003 era ya de 32.000 millones, entre otras cosas porque las tareas de reconstrucción (no del todo, por cierto) del antiguo centro de la ciudad demolido -más que por la guerra antigua, por el afán especulativo inmobiliario- y de las infraestructuras necesarias para el turismo vaciaron las arcas públicas sin que los beneficios alcanzaran las zonas deprimidas del país, ni de la propia Beirut. La gigantesca operación puesta en marcha por la empresa Solidere se realizó desde el propio poder, pues el propietario de tal firma no era otro que Rafic Hariri (asesinado en un atentado salvaje el 14 de febrero de 2005, junto a una veintena de personas), que ya en 1983 había empezado a comprar terrenos en el centro de la capital por cuenta de la familia real saudí (él era medio saudí, medio libanés; conservó siempre los dos pasaportes) y que llegó a primer ministro. Volveré a Hariri, último de los mitos libaneses y quizá el más poderoso, un poco más adelante.
Otro dato. El bombardeo israelí de la central eléctrica de Jiyyeh, 30 kilómetros al sur de Beirut, perjudicó el ecosistema marino hasta el punto de que tardará años en recuperarse. En Líbano, la corriente va de sur a norte, y el chapapote se extendió rápidamente a lo largo de 150 kilómetros de la costa, alcanzando parcialmente a Siria. La legendaria Biblos, un parque natural y numerosos pequeños puertos de pescadores y calas propicias para el veraneo quedaron inundados y difícilmente se repondrán: el verano propicia el reflujo. Sólo los clubes privados limpiaron a fondo, gastándose un dineral para no perder un turismo que ya no volverá. El Gobierno no ha hecho nada, y la ayuda internacional no encuentra cauce. Porque este Gobierno, presidido por un prosirio, Émile Lahoud, y con un primer ministro, Fouad Siniora, del 14 de Marzo -la coalición encabezada por Saad Hariri hijo, 4.100 millones de dólares de fortuna personal heredada, con mayoría en el Gobierno y el Parlamento- y proestadounidense, lleva medio año sin firmar nada que no tenga que ver con el tribunal internacional que ha de juzgar a los asesinos del señor Rafic o con su propia supervivencia frente a la oposición. Una oposición contumaz y cejijunta -la de Hezbolá, el partido de Dios, más los seguidores del general Michel Aoun, que en cualquier momento puede cambiar de camisa, más otros pequeños grupos-, que desde diciembre plantó sus jaimas en parte de la plaza de los Mártires y en la plaza de Riad el Solh, cerca del Parlamento, convirtiendo el reconstruido pastelón del centro de la ciudad en una ruina económica, de tiendas lujosas vacías y restaurantes cerrados, por la que se transita con dificultad y entre controles militares.
Llegados a estas alturas del calendario hay que decir que la ruina alcanza a todo el Líbano. Como resultado de la invasión israelí de 2006, que, en el Estado hebreo, el Comité de Símbolos y Ceremonias ha decidido llamar Segunda Guerra del Líbano -la primera fue en 1982, otra invasión, y produjo, entre otros pesares, la matanza de palestinos en Sabra y Chatila, amén de una ocupación de más de 20 años del sur de este país-, la fragilidad del Estado quedó al descubierto más que nunca y propició que los viejos dueños del asunto afilaran sus garras.
Señores de la guerra, amos del Líbano, padres del infortunio. Nabih Berri, que en los setenta encabezaba la milicia de Amal, partido chií no fundamentalista experto en matanzas de palestinos, entre otras, y perdedor contra Hezbolá, hoy es presidente del Parlamento. En la escena política domina también el druso Walid Jumblatt, señorito feudal del Chouf y jefe del autodenominado Partido Socialista Progresista -admitido en la Internacional Socialista, que traga con lo que sea con tal de que lleve un rótulo afín-, responsable de escabechinas entre drusos y cristianos de la montaña durante la otra guerra. También está Samir Geagea, hoy adorado y seguido, el único líder de milicias que fue a la cárcel. Sus enemigos, culpables de otros crímenes, se vengaron: le encerraron durante 11 años por haber mandado asesinar -como mínimo- a su rival cristiano Dany Chamoun con toda su familia, mientras dormían, y por haber hecho bombardear una iglesia con los fieles dentro, aunque este último desmán no pudieron adjudicárselo con pruebas. En 1982, sus Fuerzas Libanesas degollaron a modo en Sabra y Chatila, con los parabienes israelíes. Está también, aunque más disminuido, Amin Gemayel, un mediocre destinado a elevarse sobre las cabezas de sus parientes: fue presidente tras el asesinato de su hermano Bachir y ahora tiene voz pública porque el pasado noviembre su hijo Pierre, ministro de Industria, fue liquidado a tiros.
Hay más, pero no quiero abrumarles. Apellidos, familias, clanes, tribus. Pónganle la música de El Padrino como fondo y tendrán la película completa. Expoliadores de Líbano. Insensibles al dolor.
En este contexto, la figura de Rafic Hariri aparece en la escena como salvadora. Y el más chiflado de los sueños libaneses -ser de nuevo el Montecarlo, la Suiza de Oriente- se reencarna en este hombre grandón en todos los sentidos, magnificente, de fortuna incalculable, amigo de Francia -gracias a ello, los cristianos se le rinden; los suníes, también: él es suní- y, lo que aquí es más importante, tiene línea directa con Arabia Saudí. Al margen de sus especulaciones inmobiliarias, Hariri posee tanto carisma como kilos pesa, preside una fundación que da miles de becas a estudiantes para que vayan a Estados Unidos, le condecoran hasta en Cataluña, etcétera. Compra bancos para él y sus amigos. En definitiva, lo más parecido a una aparición celestial, para unos libaneses que, tras la guerra civil, lampan y se sienten fuera del mundo. Es un príncipe macizo de brillantes. Sus etapas como primer ministro -y el periodo de entremedias- reafirman su influencia, que queda consagrada para siempre tras el atentado del 14 de febrero de 2005, atribuido por los medios oficiales a los servicios secretos sirios y sus afines libaneses. Su atroz desaparición le convierte en Padre de los Mártires, el megamuerto omnipresente, losa y cartel perpetuos. Y el mundo se estremece de horror ante la nueva demostración de glamour asesino que tiene a Líbano como escenario.
Es la Orfandad de Magnate. Su santificación inmediata va a blanquear incluso a aquellos que fueron sus enemigos. Señores de la guerra, mercaderes y etcétera que se apropian del difunto para seguir disfrutando del poder o recuperarlo.
Fue este Líbano huérfano y desamparado el que bombardeó Israel. Un Líbano que hoy se entrega a la deriva.
En una sociedad que sólo tiene memoria para los símbolos y para el rencor, no para la asunción de culpas, el perdón y la reconciliación, la muerte de Rafic Hariri -el gran fetiche de la reconstrucción, de la siempre esperada recuperación económica- despertó a las masas, que se lanzaron a la calle para protestar contra la tutela siria del país. Para hacerlo corto, Siria siempre ha querido meter mano en un territorio que fue suyo antes de que los franceses crearan el país para sus amigos cristianos maronitas, dando origen, al mismo tiempo, a los líos que siguieron y que no cesan. Sus intervenciones, las de Siria, durante la guerra civil siempre fueron como le convinieron: a favor de los musulmanes o de sus enemigos, según sus intereses. En 1990, al alinearse Hafed el Asad -más cruel, pero también mucho más inteligente que su hijo Bachar- con el bando occidental tras la invasión de Kuwait por Irak, el Gobierno de Estados Unidos le dio manos libres para que su ejército pacificara Líbano y lo mantuviera bajo control. Así lo hizo. A cualquier precio. Hasta que la resolución de la ONU 1559 -hay quien dice que se fraguó entre Chirac y Hariri- exigió la marcha de toda fuerza extranjera, lo cual señalaba directamente a Siria, porque los israelíes habían sido expulsados en el 2000 por Hezbolá, y sólo mantenían una presencia de carácter evocativo en las granjas de Chebaa, en donde todavía están a medias.
El año 2005 se caracterizó, pues, por estos eventos. Muerte de Hariri, protestas multitudinarias contra la presencia siria, atentados mortíferos, reacciones prosirias de Hezbolá con cientos de miles de seguidores llenando el centro de la ciudad (lo simbólico: los chiíes libaneses, en su mayoría pobres, jamás antes pisaron la zona lujosa; no por fundamentalistas, sino por no poder pagarse ni un café ni codearse con los no menos integristas turistas del Golfo), contramanifestación antisiria de lo más vistosa… Y más símbolos, más etiquetas, que resultaron muy útiles para que los medios de comunicación internacionales se lucieran en sus simplificadoras informaciones. Lo más increíble fue el intento de los políticos y de los periodistas libaneses de vender como la Reconciliación de todos con todos aquel momento verdaderamente histórico: la gente llenando las calles, pidiendo libertad y democracia; aunque olvidando lo amigo que había sido Hariri de los sirios hasta hacía muy poco. No hubo tal cosa, me refiero a reconciliación, como demuestra el transcurrir de los días. Salvo conseguir que los sirios se fueran, al menos física y militarmente, los otros propósitos se desinflaron, y cada cual -cada facción, cada tribu, cada señor- volvió a lo suyo, esgrimiendo, eso sí, el espíritu del 14 de febrero en cada ocasión que conviene recurrir al Mártir para atacar a la oposición o hacerse el inocente ante el amigo occidental.
Las primeras bombas de Israel cayeron el 12 de julio y obligaron a los periódicos libaneses a cambiar de temáticas. Hasta entonces sólo hablaban del Mundial de Fútbol que se estaba celebrando y que aquí se seguía con fervor aunque sin equipo, y de la necesidad de que los políticos de uno y otro signo se reunieran para formar un Gobierno de “unidad nacional”.
Reunirse para unirse, nacionalmente hablando. Es exactamente este tipo de llamadas, en grandes titulares, lo que publican los periódicos (el fútbol ha sido sustituido por la batalla en el campo palestino de Naher el Bared, a cuyo verdadero desarrollo ningún periodista ha podido asistir hasta el momento; sólo fotos lejanas e informaciones provenientes del Ejército) mientras escribo esto. Es finales de junio y ocupo una habitación de un hotel de Ashrafiyeh, zona cristiana, porque el sector suní en donde tengo mi apartamento, en Hamra tocando con Qoreitem, se ha puesto insoportable de controles, de hombres armados. Hay una explicación. Detrás de mi bloque se encuentra el palacio de Saad Hariri, cuyos defensores se han ido apoderando poco a poco de mis queridas calles. Ir a la compra supone que te registren unas ocho veces de ida y otras tantas de vuelta, al menos cinco tipos de defensores de la seguridad del heredero. Soldados, policías de alta seguridad, agentes de las brigadas negras que parecen de Mussolini, seguratas privados con camisa roja y boina a juego, y, lo más temible, chicos jóvenes y musculosos de barba y cabello rasurados al uno, con una pinta de milicianos en ciernes que tumba. Les diré que encargar la compra por teléfono y que te la traigan supone algo peor: que el pequeño sirio que trabaja como recadero llegue a tu piso cogido del cuello por uno de estos esbirros vestidos de paisano. “Hariri’s Palace Security. Sus papeles”. Se trata de una clase de protección poco segura para el vecino.
En el último año he vivido casi todo el tiempo en Líbano, en Beirut, y he sido testigo de su desmoronamiento. Cuando llegué, a principios de septiembre de 2006, el país estaba destrozado, pero la gente seguía en pie. Hezbolá había logrado que Israel se retirara (una lectura optimista). Israel había dispuesto de tiempo para hacer su trabajo mientras Estados Unidos contenía a la comunidad internacional, habituada a sus manejos (una lectura realista). En cualquier caso, las fuerzas de la FINUL empezaban a llegar al sur, en donde tendrían que mantener la paz, aunque nadie les autorizó a que la mantuvieran también en territorio israelí (una lectura melancólica).
Las carreteras reventaban de coches y los coches reventaban de gente. Camiones cargados de víveres, de ladrillos, de tuberías, de corderos apretujados, de bidones de agua… La vida, tan libanesa ella, en toda su potencia. No nos importaba pasar horas en un atasco en una carretera que había sido bombardeada, ni dar vueltas para encontrar un camino que no pasara por un puente fulminado. Era la vida, magnífica. Y el espejismo, de nuevo. Las televisiones hablaban de libanidad. No de cristianos ni de musulmanes, ni de prosirios ni de antisirios. Los niños que aparecían en las fotos exhibidas en la plaza Nejme -de la Estrella: en el centro de la ciudad, donde está el Parlamento; hoy desierta y controlada por soldados- mostraban a niños del sur, chiíes, víctimas de los bombardeos. Hasta Al Fanar, la televisión de Hezbolá, se refería a su supuesto triunfo, la Divina Victoria, como un logro de todos los libaneses.
Empezó el declive en noviembre: los lanzamientos de granadas a cuarteles, los sobresaltos; a finales del mes asesinaron a Pierre Gemayel, el ministro de Industria. En diciembre, la oposición plantó sus tiendas en el centro de la ciudad. Siguieron huelgas forzadas, cortes del camino al aeropuerto. Luego, la vida regresaba, pero paulatinamente íbamos perdiendo lugares, perdiendo horas. Hasta llegar a esto. Ya nadie habla de libaneses. Cada cual se refugia en su manada.
Pero en septiembre y octubre, los bares y restaurantes de todas las zonas, todas, estaban llenos a rebosar. Tanto, que también daba miedo. Recuerdo que le comenté a un colega, ante el jolgorio que exhibía la clientela del café Gemmayzeh, en la calle Gouraud, que la escena me recordaba una película: Cabaret. “Parece Berlín entre dos guerras”, dije. Ayer estuve en ese café. Su dueña, Angel -una mujer de 46 años, cristiana ortodoxa, fuerte, estupenda-, me contó que se va a arruinar. Sólo puede abrir de las 13.00 a las 21.00. Todos los sectores de ocio, turismo y comercio han sido golpeados por una bomba nocturna u otra, por un atentado diurno u otro, a lo largo de este último año y muy especialmente en las últimas semanas. A Gemmayzeh no han llegado aún, mientras escribo esto. Pero en este café, al igual que en los otros escasos establecimientos que aún abren sus puertas, aunque sea durante pocas horas, ha habido despidos, y el personal que queda tiene que hacer turnos: sólo trabajan diez días, sólo cobran si hay clientes. En realidad, se quedan para guardar su puesto de trabajo, en vistas a que mejore una situación que ven deteriorarse por momentos.
Se vive en el miedo, con el miedo. Quienes manejan la desestabilización de Líbano saben muy bien cómo administrar el pánico. Va a ser un triste aniversario, si es que no resulta salvaje. Mientras escribo se teme lo peor. Angel y Abed -el maître chií a quien conozco desde hace veinte años- me han prometido acogerme en sus respectivas familias si ocurre algo muy grave. Angel me ofrece la montaña, tiene a su madre en un pueblecito cercano a Jezzine. Abed, su suburbio cercano al aeropuerto.
Nuestros horarios se han acortado. Sólo los irreductibles nos quedamos en el Sporting Club hasta ver la puesta de sol. Aquí nadaba a diario el diputado Walid Eido, a quien volaron por los aires en el camino que da a la Corniche. Tengo cerca de mí a Pascale Feghali, antropóloga visual y la persona más plácida que conozco, la más dotada para captar el momento y disfrutarlo. Durante siete años ha filmado un documental en el barrio de Sanayah -donde está el parque que se llenó de refugiados durante los bombardeos-, Estudio fílmico del barrio de Artes y Oficios. Eso quiere decir Sanayah en árabe: artes y oficios, todavía lo señalan los antiguos mapas. Yo me entero por Pascale, quien también me ha enseñado a no pensar en lo que haremos mañana. A las dos nos tranquiliza el mar. La encontré el viernes pasado en mi barrio. Detuvo su coche ante la Universidad Hawaii (especializada en informática, no en hula-hula, como su nombre parece indicar). “Vengo de Sanayah, en donde todo el mundo me conoce; iba a hacer fotos, pero me han rechazado. Están muy nerviosos, las he tenido que robar”, me informó, alterada. “Pues aquí ni te cuento”, respondí. “Lo noto por los coches, que chirrían más que nunca. Y por las peleas entre vecinos”. Decidimos dejar lo que estábamos haciendo, abandonar los proyectos del día, cambiar la mañana. Ir al mar.
Adrián Rodríguez Junco, amigo mío y escritor sensible encargado de la parte cultural del Instituto Cervantes, con quien comparto depresiones y comidas en el restaurante Ragueneau, cerca del Parlamento -uno de los pocos que abren, pero sólo hasta que nosotros nos vamos, después de haber comido el plato del día-, es un hombre que vive aquí desde hace muchos años y con una larga trayectoria en el mundo árabe a sus espaldas. Su hogar es su refugio. Pero cuando hablamos del desastre que sucede en Naher el Bared, de esa masacre de palestinos que sin duda se está produciendo a lo largo del combate entre el Ejército libanés y el grupo Farah el Islam (combate que cuando escribo esto ha cumplido un mes), me da a leer un texto suyo: “Hoy no he podido evitar que se refugien conmigo todos los palestinos del Líbano con todos sus miedos, sus carencias -todas-, las miserias y enfermedades que llevan soportando casi medio siglo, la sensación de apátridas y la falta absoluta de libertades para poder ejercer una profesión y decidir cómo quieren vivir. El único ejercicio de libertad que les está permitido es poder decidir el día y la hora de sus muertes”. Dato: de los 400.000 palestinos -aproximadamente- que viven en los campos de refugiados de Líbano, el 60% está desempleado. Explosivo.
También es un 60% el número de libaneses de edades comprendidas entre los 18 y los 25 años que quieren emigrar. Un tercio de la población de cualquier edad también se marcharía si pudiera. Eso en un país en donde casi un cuarto de su producto interior bruto procede del envío de divisas por parte de su población emigrada.
Cifras, hechos, personas. Personas defraudadas, personas dominadas por la tristeza y el pánico. Desazón, inseguridad. Presencia de lo militar, del macho armado en todas partes. Temor a las bombas y, sobre todo, al enfrentamiento civil. Desprecio hacia los políticos, sean del Gobierno o de la oposición.
Un conocido mío maronita que en la otra guerra salía con su fusil a matar gente -como tantos, en todos los bandos- y regresaba a casa cada tres días, para comer, dormir y volver a salir a matar, ya con la ropa limpia que le había preparado su madre; ese amigo, cuyo pasado no me importa porque le aprecio -como a tantos otros, de todos los bandos-, me decía hace poco: “Tendremos tres semanas muy malas y todo se calmará”. “Anda, ya”, le respondí. Sonrió: “O bien todo se pondrá muy mal y alguna vez tendremos tres semanas de calma”.
Llorad por este Líbano como yo lo hago. No importa cuán hartos estéis.

Líbano en caída libre
El País, Maruja Torres 06/07/2007

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Junio 18, 2007 · Dejar un comentario

Ya se sabe que la política pasó a ser, demasiadas veces y antes que concreciones efectivas, un conjunto de signos. De gestos. De declaraciones. De imágenes.
La política, entendida a partir de la clase dirigente, se elabora más por lo que quiere parecer que por lo que termina siendo. Y entendida desde la sociedad, la política es más lo que se quiere escuchar que lo que puede hacerse. Monseñor Bergoglio, por ejemplo, en irrefrenable pose no ya como el dirigente político que es sino como candidato sin boleta impresa, directamente, dijo durante la procesión de Corpus Christi que “nos hace falta bendecir el pasado” en lugar de maldecirlo. En otro contexto, el brulote de monseñor podría haberse adjudicado a un interés personal o corporativo, extremadamente obvio, vista la complicidad activa de los popes de la Iglesia con los jerarcas de la dictadura. Justo en el tránsito al ballottage porteño, en cambio, a monseñor apenas le faltó cerrar su callejera homilía con un “va a estar bueno Buenos Aires con Mauricio y Gabriela”. Sin embargo, a la prensa ni se le ocurrió, siquiera para disimular un poco, la mera sugerencia de que el obispo se había metido de lleno en la campaña. No, no. Nada de eso. Monseñor es nada más que un pastor. Imagen, símbolo, eufemismos.
Macri no acepta un segundo debate porque dice que hay mucha agresión y eso no conduce a nada. Raro, ¿no?, porque si hay una coincidencia unánime es que uno de los factores que lo llevaron a su amplio triunfo consiste en haber aprovechado la agresividad del resto, dejándola correr. Lo que hace Macri (como haría cualquiera, vamos) es no presentarse porque, con 22 puntos de ventaja, solamente a un loco se le ocurriría practicar un juego en el que no se entiende qué podría ganar (a un loco, o a un osado que no viviese pendiente de lo que le recomiendan sus diseñadores de imagen).
No debería poder creerse que un tipo gane elecciones visitando a viejitos de 107 años y a farmacéuticos asaltados 200 veces. Pero sí, las gana. No porque haga eso, sino porque no importa que haga eso. Lo que importa es que a pesar de que haga eso, que es el ABC de la más barata de las demagogias, hay una mayoría, o hasta aquí primera minoría larga, creyente de que puede haber un cambio para mejor llevados de la mano por una figurita. Porque sólo eso es Macri. Una figurita de la televisión y de los éxitos futbolísticos de Boca. No un partido, no una estructura, no un movimiento social, no una experiencia colectiva, no –siquiera– un militante. Es sólo una figurita hija de la crisis de representatividad estallada en 2001/2002, cuando tanto ingenuo creyó que la revolución quedaba más o menos a la vuelta de la esquina y no supo o no quiso ver que lo estallado eran las expectativas de consumo de la clase media.
De todos modos, tampoco deben obviarse las carencias imperdonables de la dirigencia del progresismo declamado. En una posmodernidad que complejiza cada vez más las relaciones sociales y las urgencias cotidianas, ya sin grandes utopías que puedan ser conducto de idearios nobles y avanzados, el denominado “progresismo” (y está bien llamarlo así, si es por lo simbólico, como contraposición a los exponentes de la derecha cruda) no estuvo a la altura de sus deficiencias objetivas y subjetivas. ¿Cuáles? Haber prometido inmensamente más que lo que podía o quería desarrollar. Haberse refugiado en sus aparatos y en sus proyecciones de manejo de caja chica. No confiar en las organizaciones sociales. No descentralizar. No promover casi nada por fuera de las estructuras clientelares. Por allí volvió a colarse Macri, pero esta vez con la inestimable ayuda de un palacio kirchnerista que por razones de cálculos y enconos personales le dejó servido a Mauricio, que sí, que es Macri, la chance concretada de acumular, solo, contra un resto que fue dividido y que hizo todo lo posible por mostrarse de esa manera.
Igualmente, frente a la renovación electoral de la derecha más dispuesta a ejercer como tal; frente a una perspectiva de exclusión social más acentuada todavía, que si algo incrementará será precisamente el nivel de inseguridad y conflicto; frente a la certeza de que el Estado volverá a convertirse sólo en un escenario de negocios privados, si es que no de corrupción generalizada; frente a la probabilidad de que la salud y la educación, en particular, queden en manos de un criterio comercial y sectario, no da lo mismo quién vaya a ser el jefe de Gobierno de Buenos Aires. Esa visión sólo puede entrar en la cabeza de quienes apuestan al testimonialismo como única forma de edificación política, para terminar, siempre, haciéndole el juego a la derecha. Son los cultores del cuanto peor-mejor. Así les va.
Vótese lo que sea, debería hacérselo con un grado de conciencia política, o al menos de esfuerzo hacia allí, algo superior –un poquito, nada más que un poquito– a lo pautado por lo que dicen que van a hacer los que sintonizan con lo que “la gente” quiere que le digan que va a pasar. Se puede votar a la derecha con conciencia política, cómo que no. Es absolutamente legítimo y respetable. Pero confiésenlo, asúmanlo. No votan a la derecha por sus propuestas (?) para los espacios verdes, la polución sonora, las características edilicias, la estructura del parque automotor. La votan porque quieren orden a cualquier costa, quieren represión, quieren la tranquilidad de la dictadura, quieren la ciudad limpia de indigentes, quieren mano dura contra los inmigrantes, quieren meter en cana a los pibes desquiciados que viven a paco y porro. Si es por lo que está más a la vista, resulta que de la noche a la mañana en Buenos Aires no habrá más delincuencia, ni calles sucias, ni piquetes, ni caos en el tránsito, ni cartoneros, ni turnos de atención en los hospitales para dentro de varios meses. De la noche a la mañana, Buenos Aires será Zurich de la mano de Mauricio y de Gabriela.
Si creen eso, si quieren eso, díganlo de una vez. No tiene nada de malo. Todo lo contrario. Es una interpretación de cómo mejorar la dirección y convivencia política y social, igual de estimable que aquella de los que piensan distinto. Sólo acéptenlo, por favor. Porque si es un voto vergonzante, esa legitimidad se pierde en tanto y cuanto saben que hay algo en ese voto, en esa actitud, en ese pensamiento, que pasa por hacer mierda a otra gente por la urgencia del beneficio propio.
Acepten que el domingo que viene van a votar a Menem. Que va a ganar Menem. Y demuestren y demuéstrense, por favor, que eso no es un voto ideológico.

Acéptenlo
Eduardo Aliverti
Página 12, 18/06/2007

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¿Qué es la derecha sensible?

Junio 18, 2007 · Dejar un comentario

Mauricio Macri encabeza un movimiento que el ingenio popular –escuché esta semana– acaba de bautizar como la “derecha sensible”. ¿Qué es, entonces, la derecha sensible? Argentina se ha caracterizado por albergar, en su historia, a una derecha cruel y a una izquierda miserable. Barrio Norte ignora la pobreza o, peor aún, se molesta al verla, le produce un rechazo estético, se burla de ella; los pobres son negros, grasas, impresentables: le prenden fuego al parqué y se dejan las raíces cuando se tiñen el pelo. La izquierda, que se supone generosa por definición, es miserable y menor: representa la división de la división y viven creyendo que no hay peor enemigo que el que tienen al lado. Argentina es, todavía, un país precapitalista; aún no hemos superado la Revolución Industrial y, como a mediados del siglo XVIII, hay quienes ganan muchísimo y quienes desfallecen de hambre. El único capitalismo de riesgo parece ser pasar del monopolio al oligopolio o a la cartelización de precios, y el Estado existe para garantizar las ganancias de las empresas a través de los subsidios.
La derecha sensible se presenta nueva. ¿Pero realmente lo es? ¿O sólo es nuevo su discurso aggiornado? Los males de la Argentina –dice Macri– son el resultado de la vieja política corporativa.Y tiene razón, pero en parte: ¿qué rol tuvieron en aquellos males las empresas?
¿Y qué sensible fue entonces la derecha que ahora se llena los ojos de lágrimás ? Mi tía Nélida lo hubiera resumido mejor: ¿la culpa es del chancho, del que le da de comer, o de ambos?
Maurcio y alrededores
Aunque nuevo en la política partidaria –fue electo diputado nacional para el período 2005–2009–, Macri ya tiene entorno: un grupo bastante visible encabezado por Gabriela Michetti y otro que cultiva el bajo perfil formado por De Estrada, Amoroso, Santilli, Torello, Rodríguez Larreta y Guelar. Es el grupo que lo “arma” políticamente, explican a PERFIL en el PRO. “Y Michetti es la pata joven y transparente.” Si existiera el Premio Revelación, este año Michetti debería ganar dos: tiene ideas claras, es convincente y… no parece macrista. El PRO lo sabe y, de hecho, aparece tanto o más que Macri en las coberturas electorales. Veamos al resto:
Santiago “el Obispo” De Estrada: tiene íntima vinculación con la curia, y fue subsecretario de Seguridad Social de la Nación durante la dictadura militar. Luego, embajador de Alfonsín ante el Vaticano y subsecretario de Desarrollo Social durante el menemismo, cuando Palito era titular del área. De Estrada entró a la Legislatura en 2000, como parte de la alianza Cavallo-Béliz, y fue reelecto en 2003 como candidato de Macri. Fue una de las caras más visibles de la oposición a la Ley de Salud Reproductiva junto a Florencia Polimeni (que en la última elección se borocotizó hacia Telerman y quedó afuera).
—Estoy tranquilo. Si bien perdió mi proyecto, nuestra intención era que no ganara el otro –explicó De Estrada. Su objetivo era que no hubiera ley de educación sexual en las escuelas.
Nicolás “Nicky” Caputo y José Torello: son los mejores amigos de Macri. Torello es apoderado de Compromiso para el Cambio y fue compañero de Mauricio en el Colegio Newman. Quiere presentarse como senador en las elecciones de octubre. Caputo es titular de la constructora Caputo Sociedad Anónima.
—Caputo es Macri –dicen en el entorno del candidato–. Es su persona de máxima confianza, el que nadie nombra pero que está siempre con él.
Sus oficinas en el partido están separadas por un panel, y se comunican por una puerta interna. Junto al ecuatoriano Durán Barba, Michetti y Rodríguez Larreta son parte de su círculo íntimo. Hay quienes afirman que Caputo fue uno de los que acercaron dinero en efectivo en 1991 para pagar parte del rescate de Mauricio, pero esta versión no pudo ser confirmada. Caputo es contratista del Estado nacional y municipal: el 10 de mayo, el Gobierno de la Ciudad le adjudicó la construcción de un nuevo hospital a través de la constructora SES SA. SES está formada por accionistas de Caputo SA, cuyo titular es Nicolás Caputo, y superó a la empresa Astori en la licitación. Le fue adjudicada por el ministro de la Producción Enrique Rodríguez para la Corporación del Sur, por un costo de 7.427.600 pesos. Caputo construyó para IRSA el shopping Abasto y la planta impresora del diario La Nación, y trabaja ahora en el Hotel Llao Llao, el Teatro 25 de Mayo (de la Ciudad) y el nuevo edificio de la AFIP en Posadas. Sufrió hace algunas semanas una desgracia familiar: el día en que Macri ganó la primera vuelta falleció su hermano, Jose Luis Caputo.
Horacio Rodríguez Larreta:
—Yo quiero ser presidente –le dijo Larreta a un amigo, apenas volvió de la Harvard Graduates School of Bussiness Administration, de Boston.
Fundó al poco tiempo el Grupo Sophia, del que surgieron varios técnicos: Gustavo Lopetegui, Soledad Acuña, Maria Eugenia Vidal, Diego Gorgal. Larreta fue asesor del entonces gobernador Eduardo Duhalde en el área social, y director del PAMI en la gestión de Cecilia Felgueras durante el gobierno de De la Rúa. “Horacio arma la rosca”, dicen en el PRO: es quien se reúne en secreto con el Coti Nosiglia, Miguel Angel Toma o Ramón Puerta, se encarga de los punteros barriales y mantiene la relación con Daniel Amoroso, legislador propio y secretario del Sindicato de Juegos de Azar.
Cuando en 2003 Macri perdió el ballottage con Ibarra, ganó de todos modos varias bancas en la Legislatura. En aquellos tiempos, Compromiso para el Cambio tenía sus oficinas en la calle Chacabuco (ahora están en Alsina), y Horacio Rodríguez Larreta citó a los flamantes legisladores a entrevistas individuales y urgentes: allí les explicó que debían donarle al partido la mitad del ingreso por asesores que les correspondía por la banca. El presupuesto mensual, entonces, por legislador, era de 15 mil pesos. Los díscolos tuvieron que discutir el asunto con Mauricio, en persona. El resultado fue que muchos pagaron, durante meses, salarios a personas que jamás se presentaron a trabajar, pero que figuraban en su nómina.
Diego Santilli: fue, durante el menemismo, asesor del departamento de Administración de Riesgos del Banco Nación, director de Planeamiento Estratégico de la Secretaría de Producción y Servicios de la Ciudad, coordinador de la Dirección General de Administración del Ministerio del Interior, director de Administración de Migraciones. En 2000 fue designado vicepresidente del Instituto de Previsión Social de la provincia de Buenos Aires y, entre 2001 y 2003, director del Banco Ciudad. Fue denunciado por Miguel Bonasso como uno de los mentores de la empresa Sol Group, abastecedora de facturas truchas para el Municipio y relacionada tangencialmente con el caso Skanska.
Diego Guelar: es el responsable de relaciones internacionales de Compromiso para el Cambio. Fue apoderado del Peronismo Auténtico y oficial montonero. De participación activa en la diplomacia de los ‘90 fue jefe de la misión argentina ante la Unión Europea, embajador en Brasil, entre ‘96 y ‘97, y en los Estados Unidos entre ‘97 y ‘99. Después fue secretario de Relaciones Económicas bonaerense, de 2000 a 2001, y nuevamente embajador en Estados Unidos durante la presidencia de Eduardo Duhalde.
En sus épocas de periodista independiente, Horacio Verbitsky escribió sobre Macri y su relación con Menem: “En 1989 el filósofo Luis Barrionuevo afirmó que el menemismo había recibido 8 millones de dólares de los empresarios. Entre los aportantes identificó a la familia Macri con 1,2 millón y una docena de autos Fiat. Una vez designados en el Ministerio de Obras y Servicios Públicos, Roberto Dromi y Rodolfo Barra solicitaron a los grandes grupos económicos hombres para ocupar lugares en el organigrama, aunque ese loteo no debía hacerse manifiesto. Macri colocó en la Subsecretaría de Planeamiento a Horacio Escofet; en la de Concesiones, al director de Sideco Americana, Carlos Manuel Ramallo; en la Subsecretaría Legal y Técnica de la Presidencia a Osvaldo Pérez Cortés. En la comisión vial del Ministerio, además de Escofet y Ramallo, los Macri ubicaron a su apoderado Guillermo Fanelli Evans y a Roberto Righini. Por un acuerdo entre los grandes grupos, la mitad de los kilómetros debía adjudicarse a los grandes contratistas (22%, a Benito Roggio; 17%, a los Macri; 11%, a Techint) y el resto se prorratearía entre los menores. La distribución se hizo de modo de complacer a empresas integrantes de las tres cámaras de constructores, para que no hubiera descontentos que protestaran”.
¿Macri tiene o tuvo que ver con sus empresas? A la hora de ensayar una respuesta, hay quienes recuerdan una anécdota del viernes 24 de junio de 2005, cuando Diego Maradona lo visitó en su despacho de presidente de Boca. La relación entre Diego y “el cartonero Báez”, aquel al que “se le escapó la tortuga”, nunca había sido demasiado amable:
—Oíme, Diego –le dijo Mauricio–, vos me podés explicar una y mil veces cómo hacer el gol contra los ingleses y yo nunca lo voy a lograr. ¿Pero sabés qué? Hay algo que yo sí te puedo enseñar a vos: ¡tenés que aprender a hacerte el boludo!
Negocios son negocios
En su trabajo titulado El Grupo Macri; de la liquidación de empresas a la búsqueda del subsidio estatal, Claudio Lozano analiza la evolución del grupo y el rol de Mauricio en sus políticas. Allí Lozano asegura que: “(Mauricio Macri) fue director titular de Grumaffra SA que luego cambiara su denominación por SOCMA Americana SA, empresa controlante del ciento por ciento del grupo. Fue vicepresidente de SOCMA Argentina, empresa controlante, entre otras, de IEC SA, Sideco Americana, Manliba SA, Sevel Uruguay SA (esta última vinculada con la ilegalidad de maniobras de exportación de autos fabricados por Sevel a Uruguay y vueltos a importar a Argentina, en donde en ambas operatorias cobraba reintegros a la exportación y a la importación, constituyéndose fraude fiscal a costa de ciudadanos argentinos y uruguayos). Fue director titular de Mirgor SA, empresa fabricante de aire acondicionado para automóviles, posteriormente vendida. Fue director titular de BA Celular Inversora SA, empresa inversora en telecomunicaciones, posteriormente vendida. Fue presidente de IEC SA, empresa constructora recientemente vendida. Fue director titular de Cormec SA, empresa fabricante de automotores cerrada por el grupo, y es accionista en un 20% de la firma Socma Americana SA, cuyo paquete accionario pertenece en su totalidad a la familia”.
En su última declaración jurada de bienes presentada a Poder Ciudadano, Maurico Macri agrega que posee el 10% de Yuto SA, de producción agraria; el 51% de Magrico Vending SA, empresa de Servicios; el 19,80% de Macri Invesment Group y el 10% de la empresa inmobiliaria Emprendimientos Deportivos.
El Grupo se benefició en 1982 con la estatización de la deuda externa privada (170,6 millones de dólares de deuda); recibió, entre 1974 y 1987, 55 millones de dólares en beneficios de promoción industrial a Fenargen e Itron; se benefició entre 1984 y 1989 en 29,2 millones de capitalización de deuda externa de sus firmas Sideco Americana y Establecimientos Mecánicos Jeppener, y obtuvo durante la intendencia de Grosso (en la que Filmus fue funcionario) la participación de Manliba en la recolección de basura, la emisión de facturas de Rentas y ABL de la firma Itron, una participación en la empresa Sistema Catastral junto a Techint y Siemens, y formó parte de los contratos denominados UTE Rentas junto a Siemens, Bulgheroni y la Banca del Lavoro, que tercerizaron la base de datos y la cuenta corriente de los contribuyentes de la Ciudad.
El gobierno del comandante Kirchner acaba de entregarle a Macri, por adjudicación directa, el servicio del ferrocarril subsidiado Belgrano Cargas.
¿Qué Macri? Ah, no, es cierto.
No es Mauricio.

¿Qué es la derecha sensible?
Jorge Lanata
Perfil, 18/06/2007

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Buying spree

Junio 17, 2007 · Dejar un comentario

Frente al vacío existencial, adictos a las compras. Otro síndrome surgido en sociedades ferozmente consumistas. Los expertos calculan que en España puede haber 400.000; el 90%, mujeres. Nuevos estudios prueban cómo se enciende el cerebro ante los escaparates y las marcas.
“Yo no sabía lo que me pasaba, pero era consciente de que algo no andaba bien, de que sufría demasiado y de que nadie me entendía, porque me tildaban de frívola, caprichosa y despilfarradora. Llevo así prácticamente desde los 18 años, excepto algunos periodos sin síntomas en que las cosas me han ido mejor y he tenido paz. He comprado multitud de ropa y complementos que ni he llegado a estrenar. Una veces, porque no ha surgido la ocasión, y otras, porque me encontraba gorda. Todavía tengo prendas y objetos de hace años con las etiquetas”. En pocas palabras resume así Berta, una alta ejecutiva de 48 años, divorciada, su vía crucis por la adicción a la compra.
Sus oscilaciones de peso y de estado de ánimo, según su propia confesión, “fluctúan más que la actividad bursátil”. Se ha sentido profundamente incomprendida, recriminada y culpabilizada por su familia, y algunos meses sus tarjetas de crédito han dejado números rojos en la cuenta bancaria.
“Gasto mucho más de lo que puedo”, afirma, “y me atraen las marcas y las firmas, que son mucho más caras. Voy sobreviviendo a veces trampeando y con préstamos de amigas, compañeros de trabajo y otros conocidos. Al final, no sé ni cómo, acabo devolviendo lo que debo; por eso siempre tengo prestamistas”.
La historia de Berta, que prefiere preservar su identidad tras un nombre ficticio, ha estado jalonada casi siempre por esta adicción social y no química que ha marcado su vida.
Según el doctor Francisco Alonso-Fernández, catedrático de Psiquiatría de la Universidad Complutense de Madrid y presidente de la Sociedad Europa de Psiquiatría Social, la compra adictiva es una dolencia no suficientemente reconocida a pesar de implicar un alto grado de sufrimiento y de incapacitación. Esta adicción se refleja en una entrega desaforada o desorbitada a la adquisición de artículos que, además de no ser necesarios, resultan superfluos e inútiles.
Los expertos sugieren que en España unas 400.000 personas son compradoras compulsivas, de las que el 90% son mujeres. Para responder al porqué de una adicción tan femenina, el psiquiatra Francisco Alonso-Fernández explica en su libro Las nuevas adicciones (Tea Ediciones) tres razones: el mayor arraigo del hábito social de la compra entre las mujeres, la superior vulnerabilidad para ciertos trastornos de la personalidad (baja autoestima, soledad, estado depresivo) y un menor sentimiento que el hombre hacia lo abstracto (éste prefiere el dinero y ella lo que puede conseguirse con él).
No obstante, los datos de prevalencia varían según los autores y los criterios diagnósticos que se tomen. La adicción a la compra empezó a estudiarse como síndrome psiquiátrico en Estados Unidos en la década de los ochenta, que se hablaba del buying spree (la juerga o el frenesí de la compra). Expertos como Faber y O’Guinn sostenían en un estudio publicado en 1992 que este problema afectaba al 5,9% de la población norteamericana. Los especialistas advierten de que es importante distinguir entre la compra impulsiva, placer ante el que prácticamente todo el mundo sucumbe en algún momento bajo la presión de la sociedad occidental consumista, y la compra como verdadera adicción, que se expresa como una necesidad frecuente, absoluta e incontrolada de comprar y, que si no es satisfecha, se asocia a un estado de ansiedad, irritabilidad y malestar. En este segundo caso, algunos autores bajan los datos de prevalencia hasta el 1,1%.
Con tintes muy diferentes al caso de Berta, pero también bajo el peso del sufrimiento y la incomprensión, ha vivido su adicción a la compra Ángela S. S., ama de casa de 38 años: “Yo no puedo permitirme cosas caras, pero mi obsesión es ir a mercadillos y a oportunidades de grandes almacenes a comprar telas. En principio, mi idea es adquirirlas para hacer trapitos, para mí, los niños y para regalos. Luego acaban quedándose guardadas o perdidas en cualquier rincón de un armario”.
Para el doctor Alonso-Fernández, existen cinco elementos definidores de la enfermedad adictiva: organización existencial centrada en la relación anómala-autoritaria con el objeto, el acto impulsional en forma de una entrega descontrolada a la compra, el logro de gratificaciones o recompensas momentáneas, la repetición del ciclo y la aparición de efectos nocivos. A lo que agrega otras cinco pistas: la preocupación por ir muy a menudo de compras, la dedicación a este fin de un tiempo superior a lo razonable o proyectado, la realización de frecuentes compras por encima de lo que uno puede permitirse, la adquisición de objetos no necesarios e incluso inútiles, y la sensación momentánea de un inmenso placer al haber satisfecho el deseo, que más tarde se transmuta en sentimientos de remordimiento y culpabilidad. Uno de los más bellos exponentes literarios de este problema se encuentra en 1857 en Madame Bovary. El escritor francés Gustave Flaubert convirtió a Emma Bovary en un fascinante personaje atormentado en busca del verdadero amor, que no cesaba de adquirir vestuario personal de lujo mediante una gestión secreta a base de préstamos hasta llevar a su familia a la bancarrota.
Unos años después, en 1883, el también escritor francés Émile Zola describe en El paraíso de las damas cómo las mujeres se extasiaban al contemplar las galerías de una gran tienda de París inspirada en la primera gran superficie de ventas creada en Francia en 1810. “Eran mujeres de otro tiempo en busca de la felicidad, como las de ahora. Mediante las compras desean alcanzar desde el lujo hasta el amor. Las actuales están sometidas a mucho más riesgo por vivir en una sociedad donde el consumo se convierte en el eje que da sentido a la vida y sufrir un verdadero acoso publicitario”, explica Alonso-Fernández.
Numerosas mujeres occidentales, cuando tienen un contratiempo o un disgusto, buscan la compensación a ese malestar mediante el acto compulsivo de comprar. El psicoanalista Erich Fromm sostiene que nuestros deseos de comprar, en busca de la felicidad, provienen más del exterior que del interior, impulsados por la publicidad, que ha transformado el sistema de ventas a partir de la mentalidad tecnificada del siglo XIX. En este sentido, el profesor Alonso-Fernández subraya la idea de que si antiguamente el argumento comercial del hombre de negocios era esencialmente racional, “un amplio sector de la propaganda moderna ha abandonado esta vía para dirigirse a la emoción como si se tratara de una forma de sugestión hipnótica”.
En 1984 el psiquiatra español Jesús de la Gándara leyó en la revista The American Journal un artículo, firmado por los psiquiatras norteamericanos Frankenburg y Yurgelun-Todd, en el que se hacía referencia a un caso clínico que coincidía con los síntomas que presentaba una paciente suya.”Me atrajo, porque hasta el momento en psiquiatría no se había hablado de ese problema, ni estaba tipificado como tal ni se había publicado nada al respecto en toda la literatura médica de nuestra especialidad”, dice el doctor De la Gándara, jefe del servicio de Psiquiatría del hospital General Yagüe de Burgos. El médico español se dedicó a profundizar en el tema y se encontró en su consulta con dos mujeres burgalesas, de 33 y 21 años, que presentaban este trastorno de conducta. En 1985 publicó un artículo sobre estos dos casos clínicos en The British Journal of Psychiatry e inmediatamente empezó a recibir correspondencia de otros colegas de países tan distintos como Canadá, Irlanda e India, con pacientes con esta alteración. Según este especialista, se trataba de casos difíciles de diagnosticar, porque científicamente aún no existía un concepto acuñado para considerar este trastorno como una adicción no química dentro de la patología psiquiátrica.
“Lo que sí estaba claro entonces”, explica, “y se ha ido corroborando con el tiempo y la experiencia clínica, es que este cuadro siempre aparece en mujeres con trastornos de bulimia y depresión. Se asienta generalmente sobre una personalidad de base neurótica, exageradamente tímida e insegura. En todas ellas se observa una baja autoestima, un gran sentimiento de culpa y una desfiguración de su imagen corporal. Además, suelen tener un grado de inteligencia medio-alto y un nivel cultural y social más bien elevado. El problema empieza a manifestarse hacia los 16-17 años y no se detecta hasta pasados los 30. Se exacerba claramente en la premenstruación”.
Como admite este experto, la mujer acude a solicitar ayuda psiquiátrica por su depresión o su bulimia: “Ella es plenamente consciente de que continuamente está comprando ropa, zapatos, complementos, cosméticos, bisutería e incluso joyas, y que no puede reprimir este impulso. También reconoce que no tendrá ocasión de lucir todos los modelos que se compra, y que estas constantes compras repercuten negativamente en su economía y en sus relaciones familiares”. El psiquiatra burgalés admite que, “aunque hay de todo”, lo más común es que estas compradoras no sean clientas de todo a cien ni de mercadillos, sino más bien de grandes almacenes y tiendas selectas. “Adquirir cosas distinguidas les hace sentirse mejor porque evidencian su mayor poder adquisitivo y un gusto más exquisito y refinado. Esto hace que, momentáneamente, aumente su autoestima”, reconoce.
En los hombres, en una proporción mucho menor, es más normal hallar esta adicción en las fases maniacas del llamado trastorno bipolar o enfermedad maniacodepresiva. Así lo admite Miguel S. R., ingeniero de 38 años y soltero: “He llegado a comprarme hace poco un coche BMW y un reloj Rolex en un mismo día, y me están ayudando a pagarlo mis padres, pues, a pesar de que mi sueldo es bueno, nunca tengo nada ahorrado y, si me extralimito en algún momento que me siento exultante, no hay dinero en mi cuenta”.
Según el profesor Alonso-Fernández, son trastornos muy mortificantes, que pasan inadvertidos durante largo tiempo, de ahí que sean a menudo enfermedades invisibles y que el paciente no sea considerado como tal, sino como un ser caprichoso y frívolo, que se ve herido por la incomprensión de los otros y embargado por un poderoso sentimiento de culpa. Para este psiquiatra, el tratamiento debe abordar diferentes aspectos: determinados fármacos, psicoterapia de apoyo y reorganización de la vida cotidiana, con el apoyo de la familia y el entorno.
Cada vez que una persona tiene el impulso de comprar algo que le resulta apetecible o lo compra, se enciende una lucecita en zonas concretas del cerebro, tal y como se ha demostrado gracias a las modernas técnicas de neuroimagen. Estas zonas están directamente relacionadas con lo que los científicos denominan “circuitos de recompensa”, responsables de la sensación de placer perceptivo. Pero Berta, Ángela y Miguel, en su condición de adictos a las compras, tienen una característica añadida: una disminución de los niveles de dopamina, el neurotransmisor por excelencia de la recompensa. Sin embargo, cuando satisfacen su necesidad de comprar, su cerebro dispara la liberación de dopamina y las luces de su cerebro se iluminan intensamente mediante los circuitos de la recompensa emocional? Y se mantienen encendidas en todo momento.
Varios estudios han revelado todo este complejo entramado. Uno de ellos es el realizado por un equipo del Massachusetts Institute of Tecnology (MIT) de la Universidad Carnegie Mellon, de Pittsburgh (Pensilvania, EE UU), y que se ha publicado el pasado enero en la revista Science. Se seleccionaron 26 voluntarios, a los que se asignó un presupuesto para ir de compras virtuales. Durante el paseo por los escaparates de la Red, los participantes fueron bombardeados con imágenes de artículos sugerentes y atractivos: ropa y complementos de firma y marcas caras, reproductores de imagen y música, alta cosmética, discos, objetos de decoración… Otro estudio realizado por científicos de la Universidad Ludwig-Maximilians (Múnich, Alemania) y presentado el pasado otoño encontró, por el método de la resonancia magnética, cómo el cerebro encendía con más intensidad las áreas relacionadas con la autoidentificación y las emociones positivas cuando, entre las imágenes que se le mostraban, identificaba aquellas de las marcas que asocia con prestigio social; es decir, venían a validar el trabajo de la publicidad machacona; parece que consigue labrar el cerebro.
Los investigadores del MIT observaron con toda claridad cómo se iluminaban las áreas cerebrales ligadas a los circuitos de recompensa cuando los potenciales compradores veían los objetos que más les gustaban. En el caso de los más caprichosos, la lucecita se mantuvo encendida en todo momento. Pero las señales se tornaban más complejas cuando, al ver el precio, los participantes lo consideraban excesivo, momento en que se activaba la zona del cerebro conocida como ínsula, en tanto que se apagaba otra región en el córtex prefrontal. Los científicos interpretan este mecanismo como que el cerebro está evaluando si el placer de adquirir algo es superior a la sensación de desagrado que produce gastar dinero. En los voluntarios caprichosos, sus luces de recompensa emocional y placer pudieron más que los precios prohibitivos y se mantuvieron encendidas.
Cómo defendernos
El profesor Francisco Alonso-Fernández propone en su libro Las nuevas adicciones (Tea Ediciones) unas pautas defensivas individuales para protegerse del desaforado consumo: 01 Abstenerse de comprar cuando uno se sienta en horas bajas o se encuentre afectado por el hambre o el cansancio. 02 Aprovechar los momentos de euforia para divertirse en lugares alejados de grandes almacenes y tiendas. 03 Limitarse a adquirir los artículos incluidos en la lista de la compra, elaborada tranquilamente en casa. 04 Procurar no salir de compras en soledad. 05 Intentar pagar con dinero en metálico y restringir lo más posible el recurso de las tarjetas de crédito. Ver físicamente el dinero siempre nos crea peor conciencia.

Mayka Sánchez
El País, 14/06/2007

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Eso de la ideología

Junio 11, 2007 · Dejar un comentario

Una numerosa cantidad de colegas ha coincidido en dictaminar que en la Capital sí hubo memoria.
Pero: ocurrió que en lugar de estar guardada en la deuda de centenares de millones de dólares que las empresas macristas transfirieron a la sociedad a través de los seguros de cambio, o en los manejos de Manliba, o en el procesamiento por contrabando de autos, o en el Correo, la memoria ancló en que las sucesivas administraciones “progres” no resolvieron los dramas cotidianos de “la gente”. Según tal razonamiento, una amplísima primera minoría de la sociedad porteña dijo que arreglar problemas como el delito o el transporte no es de derecha ni de izquierda sino de eficiencia. “La gente” quiere un mago o cosa parecida, en esa visión. Y, cansada de que la magia no aparezca nunca, vota hoy a uno y mañana a otro como quien sustituye el shampoo. Dijeron que un 45 por ciento votó a Macri porque quiere un cambio y nada más, y como si ese presunto cambio significase un pito en términos ideológicos.
Va a estar bueno dejar de ampararse en asepsias profesionalistas. Alrededor de la mitad de los porteños votó por sacarse de encima a la resaca, a los cartoneros, a “la negrada” del conurbano que se atiende en los hospitales de la Capital. Votó porque de una vez por todas haya represión contra los desórdenes callejeros, y votó por que si en ese accionar muere alguno sería tanto una macana como una lección. Votó por que al frente de la tarea municipal haya un “gerente” y no un político, sin haber aprendido nada de lo que le pasó a este país por dejar la política en manos de “gerentes”. Votó importándole cero lo que este gerente en particular, y su familia, y sus negocios familiares, ya demostraron como defensores del interés comunitario. Votó a Menem. Y aunque sólo decirlo ya provoque un tanto de pudor, deberá admitirse que en medio de esas y otras razones es agregable la asociación entre su figura y los éxitos futbolísticos de Boca Juniors, por más que la bonanza deportiva esté lejísimo de darse la mano con el estado financiero del club. El pasado y presente de Macri como legislador también tiene lo suyo: en el Congreso no le vieron la cara casi nunca. Así lo reconoció el propio Macri en el debate televisivo: “¿Para qué voy a ir si son mayoría (el oficialismo) y votan lo que quieren?” Notable, sin dejar de ser obvio: el discurso “antipolítica”, que le allegó a Macri una buena o enorme parte de sus sufragios, está respaldado en el hartazgo por los parlamentarios ñoquis que se llenan los bolsillos sin siquiera asistir al recinto. Macri, que es precisamente un emblema de esa vagancia, saca el 45 por ciento de los votos.
En la ciudad se impuso el retorno explícito de la derecha a través de un voto profundamente ideológico. Porque cuando se vota, así sea en una elección municipal, a la par de supuestamente votarse –en el mejor de los casos– por las propuestas para arreglar las veredas, qué hacer con la caca de los perros o cómo disminuir los niveles de ruido, se vota en primer lugar por símbolos, por imaginario, por antecedentes. Por si se quiere ir para allá o para acá. Y véase al respecto una paradoja notable. La inmensa mayoría de los encuestadores, por no decir la totalidad, aduce que el gran mérito de Macri fue no haber dicho nada, no haber propuesto nada. Haberse remitido a visitar escuelas, correr maratones, recorrer villas, tomar mate con jubilados, subirse a un colectivo, treparse a un basural. Que su gran virtud marketinera fue eso, simplemente, dicen los grandes analistas de este país: quedarse al margen de la confrontación entre Filmus y Telerman y esperar sentado sin decir nada, porque “la gente” sencillamente quiere un cambio y no le importan las cuestiones ideológicas. Pues bien: si la gente sencillamente quiere un cambio y no le importan las cuestiones ideológicas y vota a un tipo que no dice nada, se está diciendo todo lo contrario de lo que se dice. Es decir, que lo que se vota es ideología, es símbolo, es imaginario, no propuestas. Supongamos que salen a inquirir a los votantes macristas con una única y directa pregunta: “¿Puede usted mencionar alguna propuesta concreta de Mauricio Macri, que no sea lo bien que hace tomar una cucharada de aceite de bacalao en el desayuno?” No. No puede. El votante de Macri no puede mencionar ninguna propuesta de Macri. Puede decirse que tampoco podrían citar propuesta alguna los votantes de todos los demás. Correcto. Pero entonces, ay, tenemos dos problemas. Uno, que algunos, varios o muchos del resto de los candidatos no ocultaron que votarlos era, antes que nada, un asunto ideológico. Y dos, pero primero, que queda ratificado que el voto es ideológico porque nadie o casi nadie conoce las propuestas de nadie o casi nadie.
Por último, y como para sumar complejidad o sencillez, también se coincide en la muy significativa porción de los votantes de Macri que en las presidenciales votará a Kirchner, varón o mujer. Prefieren al varón, pero será la mujer y cambia muy poco. De acuerdo con tan reveladora prognosis, el carácter esquizoide de ese voto subraya la sustancia desideologizada del electorado, porque se demuestra que “la gente” marca un rumbo en, por ejemplo, la intendencia de la Capital, y otro completamente inverso en la marcha nacional. Pero en ese caso, en lugar de un electorado complejo por la positiva, estamos hablando de un mamarracho gracias al cual ir para acá o para allá da exactamente lo mismo, y cambiante según sean los humores pasajeros, las caras de los candidatos, los vientos a favor o en contra. No es que se piensa. Es que se arrebata.
No hay nada más ideológico que un voto “desideologizado”. Por eso ganó Macri. Porque supo montarse en el drama de que ya no hay partidos políticos. De que no hay conducción de unidad colectiva. De que no hay líderes. De que no se organizan ni la bronca ni las aspiraciones populares. De que el kirchnerismo –en la benéfica interpretación de que puede ser una opción válida para los intereses de las mayorías– no se expresa sino a través de sí mismo. Ya no las grandes corrientes y organizaciones populares, sino la capacidad de convicción de los ilusionistas de turno. Es la herencia del menemismo y por eso ganó Macri. Porque ganó Menem.
Siempre habrá, sin embargo, y volverá a haber, unos muchos o unos pocos que opondrán resistencia a ese triunfo de la insolidaridad, de los oprimidos que reproducen el discurso del opresor, de la pobre gente o de la gente pobre que se angustia y vota a un garca. Siempre habrá.
Así que sí. Va a estar bueno.

Eso de la ideología
Eduardo Aliverti
Página 12, 11/06/2007

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Macri no agrede a nadie, ¿eh?

Junio 10, 2007 · Dejar un comentario

Mauricio Macri está imponiendo un hit. No sé si se le ocurrió a él o a sus asesores, pero “Yo no agredo a nadie” es su ariete defensivo cuando se le tira algún dato de su historia. Nadie se mete con asuntos personales, sino con cuestiones puramente públicas y pertinentes, pero Macri se puso Off: con su “Yo no agredo a nadie” repele y se desmarca, y al mismo tiempo refuerza su imagen de tipo Pro, de estaría bueno, de qué divertido.
La gente está tan harta de mirar las campañas electorales como un partido de tenis en el que la pelota es el agravio, que tuvo éxito el slogan macrista de “venir con propuestas”. Pero el de Macri es un discurso cerrado sobre sí mismo y embalado en ese plástico que les ponen a las valijas en los aeropuertos. “Venir con propuestas”, que reemplaza al marco ideológico del que Macri se niega a hablar, no puede nunca dispensar al candidato de tener un pasado público, y de tener que dar cuenta de él.
Lo raro es que la gente que lo votó no le pide que dé cuentas, ni está interesada en profundizar esa parte del debate. Es más: no hay debate. Quien votó a Macri votó lo que Macri es, un empresario que jamás hubiera acumulado semejante torta de riqueza sin aprovechar los costados corruptos del Estado que su grupo apoyó. Por épocas, el grupo apoyó a un Estado terrorista, a un Estado idiota y a un Estado prebendario. Los Macri nunca hicieron autocrítica. Hicieron autocrítica hasta las Fuerzas Armadas, pero los empresarios que empujaron a Martínez de Hoz a implementar aquel modelo siniestro que sembró de pobreza estructural a este país a costa de la aniquilación de los opositores nunca hicieron autocrítica. No correspondía, claro. De los empresarios uno no espera eso. Pero tampoco que hagan política. Si se meten en política, tienen que hacerlo, les guste o no, con su pasado.
Macri no quiere hablar del pasado. No quiere hablar de modelo. No quiere hablar de ideología. Pretende que lo suyo será gestión quirúrgica, gestión aséptica, un devenir amable de bancos en las plazas, tránsito fluido y baches rellenados. Sigue con el marketing que le dio resultados increíbles. Y es efectivamente increíble que con su “Yo no agredo a nadie” Macri pueda gambetear y llegar al arco, con gente que le tira papelitos. Esa gente sabe quién es Macri, y sabe que Macri no quiere hablar del pasado porque su archivo no lo resiste, y sabe que Macri no quiere hablar de modelos porque si dice cuál tiene en mente no va a ser Pro, y sabe que Macri no discute ideología porque la desideología ha permitido el control de los débiles y eso no tiene por qué cambiar.
Blindado en su “Yo no agredo a nadie”, Macri sonríe. Su situación es inmejorable. Cualquier dardo pesado será devuelto con su latiguillo. Esto en cristiano se llama hacerse el boludo, pero la escaramuza está bastante bien armada, y cuando la gente no quiere ver lo que tiene delante, porque es horrible, y prefiere tomar a algún personaje de la realidad como un molde en el que hornear sus ilusiones, lo demás sigue solo.
Macri no agrede de palabra, pero agredió de hecho. Su grupo agredió de hecho a millones de personas, porque succionó al Estado. Porque pervirtió lo colectivo en beneficio propio. Tomando nota de eso, ¿cómo va a querer Macri hablar de ideología?
Lo raro es que haya tanta gente detenida en el árbol, cuando sólo un poco más atrás está el bosque, y en él, una emboscada.

Macri no agrede a nadie, ¿eh?
Sandra Russo
Página 12, 10/06/2007

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Eso es la memoria

Junio 4, 2007 · Dejar un comentario

A pesar de la muy buena elección de Daniel Filmus –potenciada por haber arrancado considerablemente abajo y con serias dudas sobre su calidad como candidato–, se impone la pregunta de si fue acertado arriesgar una postulación alternativa a la de Jorge Telerman, en tanto el voto antimacrista quedó partido en porciones similares.
Néstor Kirchner jamás digirió al jefe de Gobierno porteño, por estimarlo un dirigente desconfiable y de juego propio (impresión reforzada tras la, por lo menos, ambigua actitud de Telerman en el proceso bochornoso que condujo a la destitución de Ibarra). Sin embargo, el Presidente tampoco rechazaba evaluar que Telerman era la alternativa eficiente más a mano, y más consolidada, para vencer a Macri. Pero está claro que las bondades de la marcha de la economía, y con ello la casi intocada aceptación de la figura presidencial, lo llevaron a inclinar la balanza a favor de encontrar una opción absolutamente propia, capaz de garantizarle un mejor manejo de la estructura de poder porteña. Y subió la apuesta acompañándola con alguien de trayectoria intachable pero de otro palo, como Carlos Heller. La dinámica de esa decisión llevó a Telerman a la profecía autocumplida de verse acosado por el aparato oficial y el arrastre de la popularidad de Kirchner, y entonces el jefe capitalino comenzó a sumar ingredientes que derivaron en una ensalada ideológica poco menos que insondable para su propia proyección. A la cabeza, el pacto con una Carrió que viene jugando todas sus fichas a un apocalipsis antioficialista de rango místico y atada a su vez a la viscosidad de Enrique Olivera. Por allí también anduvo Bergoglio, en instancias pico de su enfrentamiento con Kirchner, y hasta reapareció la Ucedé.
El resultado de esa movida telermanista, según fue demostrado por las urnas y aunque también pueda juzgarse como influyente una campaña basada excesivamente en el histrionismo a veces bizarro del candidato, le empiojó la imagen y le permitió a Filmus (a más de sus virtudes) descontar la ventaja y superarlo, con el empujón que eso significa para afrontar un ballottage en condiciones que bajo otras circunstancias llevarían a tirar la toalla. Pero, a menos que lo contraríe un hecho virtualmente inédito, Macri aparece posicionado para la segunda vuelta con todas las cartas a favor y olerá a pírrica la excelente trepada de Filmus. A menos que se contemple otra hipótesis, que en voz muy baja se viene escuchando en Casa Rosada y círculos kirchneristas desde que el triunfo mauricista fue apreciado irreversible: Macri se recorta como el referente principal de la oposición a escala nacional y eso determina un adversario ideológico claro que le sienta a K como anillo al dedo para las aspiraciones de mediano-largo plazo.
Si se toman las cifras de los comicios desde una perspectiva netamente matemática, Macri no hizo una elección inmensamente mejor que aquéllas en las que ya incursionó. Ganó puntos que de ninguna manera llevan a pensar en el quiebre inflexional de la cantidad de gente que lo rechaza. Pero tampoco se puede negar de que en Buenos Aires, nada menos que en Buenos Aires, volvió a asentarse como significativa y representativa una escala de valores menemista. Y ocurre cuando todavía, para cualquiera que quiera escuchar, resuenan los tambores del “que se vayan todos”, justamente originados en el derrumbe de la clase media y de los sectores populares, al cabo de las fantasías del uno a uno y de la integración carnal al primer mundo sin escalas. Esta realidad vuelve a enseñar que la voluntad popular, vista en dimensión histórica, no sólo es notablemente volátil sino que puede serlo de la noche a la mañana.
Son, entre otras, cosas que pasan cuando la participación democrática se remite a ir a votar cada dos o cuatro años. Cuando las mayorías se prenden al discurso berreta y reaccionario de la antipolítica. Cuando no se entiende que la forma de mejorar no son las puteadas baratas que ahora conducen a uno y mañana al otro. En ese sentido, algunos elementos e interpretaciones pueden mostrar al vaso medio lleno. La gran elección de Ibarra mostró que el revanchismo vacuo no se pudo edificar como castigo orgánico, y que del resentimiento puro no surgen opciones confiables ni potentes. De la misma manera, se plasmó que una oposición meramente destructivista (Carrió) no conduce a nada o que, peor aún, resulta contraproducente. Para quienes la ejecutan y para quienes se pliegan a ello en forma desesperada. E igualmente se manifiesta exhibido, sin perjuicio de que el electorado porteño volvió a enrostrar su complejidad, que la popularidad nacional (Kirchner) no es todopoderosa y que las pretensiones hegemónicas generan cosquillas y rechazos por más que la economía se revele con una vitalidad poco menos que imbatible electoralmente.
Claro, simultáneamente avanzó una forma de entender la política como un ámbito de negocios en el que lo central es atravesado por la iniciativa de las grandes corporaciones de la economía. Y lo peor: corporizado en un dirigente patético de la derecha cafishia, puesto ahí por la inoperancia del establishment para generar otros cuadros que disimulen mejor la toma institucional-directa de poder.
De modo parcial pero nada soslayable, los votos dijeron ayer que, lamentablemente, no todo está guardado en la memoria.

Eso es la memoria
Eduardo Aliverti
Página 12, 04/06/2007

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Teatro argentino: entre el subte y el vacío

Mayo 26, 2007 · Dejar un comentario

Se puede seguir, pero no es mi intención aburrirlos ni divertirlos. Cualquiera de estas ideas sería una maniobra de distracción, para ocultar durante algunos minutos que ninguna práctica teatral puede recibirlas. Maniobras que seguramente no serían mal vistas, porque al fin y al cabo en nuestro país se siguen celebrando exposiciones de ganadería y se premian a las razas que se refinaron para la exportación, cuando ya no hay oportunidad de colar ni media res en los mercados internacionales. Y los grandes diarios les dedican suplementos especiales, y la opinión de esos que se vanaglorian de las cocardas puede decidir el destino de millones de argentinos. La voz de la oligarquía, como la flor azteca, no tiene base, pero sigue hablando, dando órdenes, imponiendo estilo. Si con parte del territorio nacional ocupado por Gran Bretaña se puede filmar Miss Mary y mandarla a festivales internacionales, hay que preocuparse de que, aún evitando ser un cretino, uno pueda con mucha facilidad ser un idiota.

Teatro argentino: entre el subte y el vacío
Alberto Ure
Sacate la careta

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Lugar común

Mayo 6, 2007 · Dejar un comentario

Ciento treinta y nueve años después, en la Argentina “las cuentas no cierran”, “el tejido social está enfermo” y todo es “más de lo mismo”. No hay ironía que no sea fina ni lirismo que no sea hondo, ni reportaje a pintor, músico, maestro panadero o filetero mayor de ochenta años que no comience con estas únicas palabras: “Con sus jóvenes ochenta y tres años, el maestro filetero Antonio Piedrabuena”

Literatura y lugar común
Isidoro Blaisten
Cuando éramos felices

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